En España estamos viviendo algo que hace diez años parecía impensable, la sanidad pública se está debilitando mientras la sanidad privada crece como negocio.
Más de 100.000 médicos han ido a huelga reclamando condiciones mínimas —descansos reales, cambios en las guardias, plantillas suficientes— porque dicen que ya no pueden más. La sobrecarga no solo desgasta al profesional, acaba afectando al paciente. Consultas aplazadas, operaciones retrasadas, pruebas que no llegan.
Al mismo tiempo, avanza un modelo que combina lo público y lo privado: hospitales gestionados por empresas, incentivos por recibir más pacientes derivados, listas de espera que, curiosamente, nunca terminan de bajar… y cada vez más personas recurriendo a la consulta privada. Incluso profesionales de atención primaria te dicen que, si tienes seguro, vayas por ahí porque “si no, puedes quedarte esperando”
La realidad es incómoda, cuanto más se deteriora la atención pública, más se beneficia la privada.
Para quienes convivimos con patologías visuales, esto no es una teoría. Las demoras en revisiones, pruebas o cirugías afectan a la evolución de la enfermedad, al día a día y a la autonomía personal.
La sanidad pública no es un servicio cualquiera. Es una de las bases que sostiene la igualdad de oportunidades. Si se debilita, perdemos todas las personas,