Ayer leíamos una noticia sobre las dificultades que encuentran las personas con movilidad reducida para desplazarse por el barrio de Loreto, en Cádiz. En ella, miembros de la Asociación Gaditana de Personas con Discapacidad Física (AGADI) denunciaban la presencia de aceras inaccesibles, pasos de peatones mal adaptados, obstáculos en la vía pública y otros problemas que complican actividades tan cotidianas como ir a comprar, cruzar una calle o simplemente pasear por su propio barrio.
Mientras leíamos el artículo, no podíamos evitar pensar que muchas de las situaciones que describían también forman parte del día a día de las personas con baja visión o ceguera.
Porque la accesibilidad no es solo una cuestión de rampas y rebajes, también tiene que ver con poder orientarse, caminar con seguridad y desplazarse de forma autónoma por el entorno.
Un coche aparcado sobre una acera, una terraza que invade el paso peatonal, un patinete abandonado, una obra mal señalizada o un elemento colocado inesperadamente en mitad del recorrido pueden convertirse en obstáculos importantes para una persona con discapacidad visual.
Barreras que parecen pequeñas, pero no lo son
Las personas con baja visión nos trasladan con frecuencia situaciones que encuentran en sus barrios y ciudades:
- Aceras ocupadas por vehículos o mobiliario urbano.
- Patinetes, bicicletas, motos… estacionados en zonas de paso.
- Pavimentos podotáctiles deteriorados o inexistentes.
- Semáforos sin señalización acústica.
- Obras sin balizamiento adecuado.
- Señales, maceteros o elementos publicitarios colocados en mitad de los itinerarios peatonales.
- Árboles o toldos a baja altura difíciles de detectar.
Para muchas personas estos obstáculos pueden resultar una molestia puntual, para otras pueden significar inseguridad, caídas, pérdida de autonomía o la necesidad de modificar recorridos habituales.
Una realidad que se repite en muchos lugares
Aunque la noticia se centraba en un barrio concreto de Cádiz, la realidad es que situaciones similares pueden encontrarse en municipios de toda España. No se trata de grandes proyectos urbanísticos o de costosas reformas, en muchas ocasiones bastaría con incorporar la accesibilidad desde el diseño, mantener adecuadamente los elementos existentes y escuchar a las personas que utilizan esos espacios cada día.
La accesibilidad beneficia a toda la ciudadanía, a las personas con discapacidad visual, a las personas mayores, a quienes tienen movilidad reducida, a las familias con carritos infantiles y, en definitiva, a cualquier persona que quiera desplazarse de forma segura por su ciudad.
Mirar la ciudad desde otra perspectiva
Quizá una buena pregunta sea: ¿cómo sería nuestro recorrido habitual si tuviéramos una visión reducida?
¿Detectaríamos los obstáculos con tiempo suficiente? ¿Podríamos cruzar con seguridad? ¿Seríamos capaces de localizar fácilmente una parada de autobús, una farmacia o la entrada a un edificio?
La accesibilidad no debería ser una cuestión secundaria ni algo que se tenga en cuenta únicamente cuando pueden aparecer ciertos problemas o limitaciones.