Durante estos días de vacaciones, muchas ciudades y pueblos se llenan. Hay procesiones, mercadillos, terrazas a rebosar…Y también ruido, aglomeraciones y un ritmo que no siempre acompaña a quien se mueve con otros tiempos o necesita referencias claras para orientarse.
Cruzarte con alguien, esquivar un obstáculo, mantener el rumbo o no perder de vista a la persona que te acompaña requiere una atención constante. Muchas veces, es agotador. Otras, directamente, inviable.
Ayer decidí salir a ver las procesiones. Lo hice con algo que llevo siempre conmigo: mi distintivo “Tengo baja visión”. No es una herramienta mágica, pero sí un recurso muy útil. Ayuda a quienes me rodean a entender que necesito moverme con cierta precaución. Que no me estoy parando por capricho. Que si no reacciono rápido, no es por despiste.
Este distintivo nos permiten estar en espacios compartidos sin tener que dar largas explicaciones. Hacen visible una condición que, en la mayoría de los casos, no se nota a simple vista, pero condiciona mucho cómo vivimos lo cotidiano. Especialmente en días como estos.
No se trata de quedarnos en casa por miedo al barullo, sino de encontrar maneras realistas de seguir estando presentes. Con apoyos. Con respeto. Y con herramientas que nos permitan seguir participando en la vida social y cultural de nuestras ciudades, también cuando están a rebosar.
Desde Acción Visión España seguimos defendiendo que la baja visión se reconozca, se entienda y se respete. Porque no siempre se ve, pero está.